Ciencia por Científicos: Biología Marina

Conversamos con Magali Andrea Bobinac, licenciada en Biología Marina de la Universidad de Buenos Aires (UBA), una de las encargadas de las visitas guiadas en el espacio Pampa Azul y le preguntamos sobre su especialización y sobre el trabajo que realiza en la Antártida cuando Tecnópolis permanece cerrado.

– ¿Cómo llegaste a interesarte por la biología marina?

Desde chica me gustan los animales y especialmente los animales de mar. Todos mis dibujitos eran fondos marinos, delfines y peces. Cuando terminé el secundario mis opciones eran veterinaria y biología, finalmente me aboqué a biología porque me gusta más la parte de la protección, el cuidado de los animales y la investigación.

– ¿Qué pasos seguiste desde ese entonces?

La carrera son más o menos siete años y en los últimos tres tenes la posibilidad de elegir las materias que queres cursar para orientar tu carrera hacia lo que te interesa, que en mi caso era biología marina. Una vez finalizada la carrera y tras un año sabático, empecé a especializarme en oceanografía y recursos marinos porque me interesaba la piscicultura (como se denomina a la técnica que fomenta la reproducción y cría de peces) y después entré al laboratorio con Luis Cappozzo (biólogo, doctor en Ciencias Naturales e investigador del CONICET) y empecé a ir a la Antártida.

– ¿Cómo suele ser la carrera tradicional de un biólogo marino?

Lo ideal, para un biólogo marino, es conseguir un laboratorio para comenzar a trabajar antes de finalizar la carrera. Está bueno porque lo ideal es ir adquiriendo experiencia. Luego, cuando te presentas a un doctorado o te sale una beca te enfocas más en lo tuyo.

Además de la carrera en CONICET, tenemos la posibilidad de trabajar en empresas privadas especialmente las dedicadas al impacto ambiental, o dando clases en universidades o escuelas secundarias.

– ¿Cómo es la vida de un biólogo en campaña, en tu caso en la base Primavera de la Antártida?

Te digo la verdad, es lo que más me gusta. Estar en Buenos Aires con el caos es difícil a veces. Allá sentís una adrenalina muy buena, es emocionante, te levanta el ánimo, me encanta.

En la Antártida tenemos mucho trabajo. Hay días espectaculares para trabajar que salís a las 12h y volves a las 20 h y días muy feos que no podes salir de la casa y trabajas en la computadora pasando datos o ves películas, ya que la convivencia normalmente es muy buena. Además, en mi caso, es un trabajo que conlleva mucho esfuerzo físico porque tengo que levantar una foca y dormirla o estar todo el tiempo arriba de los gomones recorriendo las aguas.

– ¿Qué llevas cuando viajas a la campaña? ¿Qué no te podes olvidar?

En la Antártida, sí o sí tenes que llevar todo lo que es aseo personal o antojos que sabes que te pueden agarrar como “quiero ese chocolate” porque si te olvidas no tenes donde comprarlo, una vez que te subiste al barco ya está.

– ¿Alguna vez sentiste miedo realizando tu trabajo en la Antártida?

El primer año decís “soy más precavido”, después ya conoces el lugar y es distinto. El tema es que nosotros trabajamos arriba de los témpanos de hielo y a veces sentís como se quiebra y pensás “se rompe el tempano y nos vamos todos al agua”, pero normalmente son rajaduras que no se llega a partir en ese momento. Normalmente cuando pasa te quedas quieto, esperas unos segundos y seguimos trabajando.